Comunismos fracasados

El comunismo anárquico, que como fórmula orgánica de sociedad figura en el frontispicio de la F.O.R.A. tiene, como es muy natural, sus ilógicos impugnadores salidos de entre aquellos hombres que piensan que las sociedades, en su constante evolución, no pueden detenerse en ningún propósito finalista, en ninguna meta definitiva de humana construcción.
Los hombres que así piensan deberían preguntarse antes, al impugnar la naturaleza económica de un sistema, si es posible que las sociedades vivan al margen de las fórmulas estructuradas de sociedad.
No creemos nosotros que el comunismo anárquico circunscriba o limite las actividades libertarias de nadie, y por consiguiente, de ninguna fórmula creadora que, surgida de la experiencia y de las necesidades naturales de la evolución, se imponga al criterio de las gentes futuras como método o instrumento, que satisfaga mejor la aspiración de todos. Precisamente porque el comunismo es anárquico, es decir, porque lleva tácitamente comprendida la imagen viva de la libertad, es por lo que resulta inatacable.
No es el comunismo anárquico  una aspiración humana fundada en poderes abstractos, como lo son Dios y el estado, términos estos que inspiraron al comunismo ecuménico de los hermanos evangelistas del siglo XVI y el de nuestros comunistas dictatoriales del siglo XX.
El comunismo de los siervos evangélicos de la edad media era un comunismo de fracaso, por cuanto tenía sus fundamentos y sus motivos de revolución en las enseñanzas místico-paganas del credo bíblico. No era un comunismo humano y de evolución capaz de contener, en sus principios, las corrientes propulsoras de los tiempos las experiencias del progreso, las concreciones provisorias de las ciencias. Igual que a su congénere religioso le ha sucedido al comunismo estatolatra. Al que finca en los imperativos y mandamientos de la fuerza, la virtud de su creación.
El comunismo de dictadura era de antemano, antes del deplorable ensayo bolchevique un comunismo fracasado. Y no por lo que en contra de los bolcheviques hayan podido hacer o decir anarquistas y burgueses, asociados ahora también arbitrariamente por la mente obtusa del comunismo dictatorial. Las ideas no fracasan en sus realizaciones cuando los hombres la han comprendido y se hallan en consonancia con los sentimientos de libertad y equidad que eran los que anidaban en su alma las masas revolucionarias de Rusia cuando estalló la revolución.
Si el comunismo fracasó en Rusia es sencillamente porque allí no hubo jamás verdadero comunismo en el sentido libre de la expresión. A lo sumo, una parodia burda, con la idea de engañar al pueblo a despecho de las declaraciones que en su tiempo hicieron los bolcheviques puestos de cara al proletariado internacional.
Comunistas evangélicos y comunistas de dictadura llevaban ya en su alma, antes de iniciar sus ensayos, el fracaso que la vida reserva siempre a todo principio o a toda idea que implique su desconocimiento, su completa negación. Fundar un comunismo en las medidas apostólicas del credo divino, como fundarla en los cotos y compartimentos cerrados del prejuicio estatal, resulta la misma cosa. En ambos casos, en ambas categorías, el hombre, con sus deseos y sentimientos equitativos, brilla por su ausencia, no se puede fundar un mundo nuevo basado tan sólo en supuestos milagros de dos entes abstractos.
El comunismo, para que sea un hecho en la tierra, debe tomar al hombre y formar con él, con su alma con su barro, un todo orgánico. No debe un comunismo para ser realmente aplicable, ir más allá del ser ni quedarse más acá de dicho ser. Deben constituir, hombre y principio, individuo y medio, una síntesis vital de orgánicas estructuras. Es evidente, pues que este comunismo de posibles realizaciones no puede ser otro que el postulado por nuestra federación.
Tiene el comunismo anárquico que propicia la F.O.R.A. la ventaja sobre aquellas de hallarse fundado en el individuo y las ansias de liberación social de todas las clases que sufren la tiranía oprobiosa de las instituciones coercitivas del estado y su consorte el capital. No es una idea que tiende a ser la felicidad de tal secta religiosa o de cual partido político o casta burocrática que aspire a la función maldita del poder. Es un ideal para todos los hombres que no aspiran a desvalorizarse asimismo con las ambiciones del mando por la servidumbre de la sumisión. No creemos fundada la objeción que algunos sedicentes revolucionarios hacen a la F.O.R.A. porque esta tiene por finalidad el comunismo anárquico. Y mucho menos cuando éste es un comunismo de liberación y no de esclavitud. Un comunismo, que por lo mismo que es anárquico, puede contener dentro de sí, todas las nuevas creaciones de los tiempos futuros, como así la satisfacción de aquellas necesidades y deseos que emanen del hombre y de la sociedad del porvenir.
Si como principio es inobjetable como instrumento de liberación lo debe ser también. Nadie puede sacrificar la evidencia de la verdad para ir después en pos de la misma verdad.
Los anarquistas no pueden, pues dejar de propagar el comunismo anárquico para convencer a los demás de la bondad del comunismo anárquico. En cuanto a la impugnabilidad del rótulo o sea la fórmula hay que tener presente que las sociedades nunca podrán saltar por encima de sí mismas por la sencilla razón de que no les es dable estructurar nada sin basarse en una u otra fórmula de existencia.
Toda vida en sociedad implica la materialización de alguna fórmula moral y económica. Pero lo malo no es esto. Lo malo está en que las fórmulas de la existencia no encierren, en sus realizaciones, el bienestar y la libertad de todos. Tal como le ocurrió al comunismo ecuménico de los hermanos evangélicos del siglo XVI y al comunismo bolchevique de nuestros tiempos.

Enrique Nido