Metamorfosis

La tarde del primero de mayo de 1929 la Federación Obrera Local Bonaerense realizaba un mitin de afirmación idealista y de protesta por las injusticias sociales, en la Plaza Colon de Buenos Aires. Todos los sindicatos que la componían, con sus banderas rojas de redención universal flameando al  viento, con los grandes cartelones y letreros en que se reflejaban sus aspiraciones, todos se habían conglomerado precisamente detrás de la casa de gobierno, a ver si así era posible hacer llegar el eco de los trabajadores, que exigían justicia a los pachorrientos magnates que desde allí nos gobiernan.
Los oradores improvisados surgieron espontáneamente de la multitud descontenta y ansiosa de bienestar, encaramados, al pie de la estatua del    gran Colon, que desde su altura parecía mirar con benévolo y alentador estimulo a los nuevos emprendedores de titánicas conquistas, las cuales daban rienda suelta a su mal contenida indignación, acumulada durante el ano, en talleres y fabricas. Sus sinceras y ardientes palabras penetraban, como bálsamo vigorizante, en el cerebro y el corazón de los esclavos y miserables trabajadores  que rodeaban las distintas tribunas, vibrando todos al unísono, en la fe inquebrantable de un próximo porvenir de libertad integral y amor fraternal.
Entre la multitud se encontraba el obrero Sebastián Fiamma, llevado allí mas por curiosidad que por adhesión consciente al acto. Criado en el campo, en contacto mas con las bestias de labranza que con semejantes suyos, estaba hecho un patán, ignorante por completo de sus derechos, de lo que valía como productor y, por lo  tanto, de la posibilidad de emanciparse. De manera que el mitin de la F. O. L. B. y las maravillosas verdades, que exponían con convincente  elocuencia los voceros improvisados, unían a todos por un mismo y gran ideal. Las incontenibles explosiones verbales de sagrada rebeldía, cual germen exuberante de un nuevo orden, lo encandilaron en un principio; luego, contagiado del general ardor, unía su naciente fe, acompañando con sus gritos y aplausos a los demás compañeros de miseria y explotación. Fue abriendo los ojos, como    si en ese momento acabara de renacer, viendo un mundo completamente nuevo; mal organizado, egoísta y malvado. Sintió dentro de si surgir otro hombre, mas clarividente, mas consciente y mas digno.
Sebastián Fiamma, al descubrir la causa de todos sus dolores y privaciones, sentía brotar de su pecho el ansia de luchar, conseguir los derechos que la avarienta burguesía le había usurpado.
Cuando oía el grito de ¡Abajo el capitalismo!  El unía su voz a la de los demás en un atronador   ! Abajo¡
O Cuando alguien, levantando el puño exclamaba
! Viva la libertad integral del hombre!   ¡Viva!  Contestaba    el con todos los demás.
Desde un rincón, algo apartado de la multitud, un señor bien vestido, alhajado, con bastón, lentes y cadena de oro, observaba con filosófica curiosidad el desarrollo de la manifestación obrera.
Enterado este por los diarios, y estando enfermo de aburrimiento, hastiado de toda clase de placeres que la riqueza le proporcionaba, se le ocurrió buscar distracción contemplando con enfermiza curiosidad aquella viril y colectiva protesta proletaria. Este buen señor había leído Don Quijote de la Mancha, impresionándole agradablemente sobre todo el capitulo que trata de cómo un duque se divierte jugando con la ambición de Sancho Panza para gobernador. Así que vio al obrero Sebastián Fiamma entusiasmarse gritando y aplaudiendo con frenesí, pensó que seria un buen candidato para quitarse el aburrimiento y curarse la molicie.
Estudio el plan en todos sus detalles y, al llegar la noche, Cuando el mitin se extinguía, se le acerco y le dijo  ¿Por que gritas tanto?  ¿No estas contento con tu vida? ¿Que te falta?
Sebastian Fiamma lo miro extrañado y con desconfianza; luego le contesto altanero: ¿a  usted que le importa? ¿Acaso es un «perro» de la policía?
-No tenga miedo. No soy nada de eso. Simplemente tengo dinero y quisiera hacer una buena acción ayudando a algún pobre.
– ¡Ah! No puede haber rico bueno y altruista. Usted me quiere engañar. Váyase a freír papas, burgués de miércoles.
– Calma, muchacho; no te sulfures así, ni te vayas. Escucha: ¿Sabes razonar? Sentémonos en este banco y conversemos un rato.
La Plaza Colon había quedado desierta. Cuando se hubieron sentado, el rico prosiguió:
– ¿Te quejas porque sos pobre? ¿No tienes lo que necesitas?
-Claro. ¿Le parece Linda la vida del trabajador, andrajoso, hambriento y esclavo del avariento y criminal capitalista, siendo el, el único y verdadero productor de toda la riqueza que hay en el mundo?
– Es verdad. El obrero esta muy mal tratado. Pero ni yo solo ni vos solo podemos arreglar el mundo. Si fuera tu caso simplemente… Vamos a ver; séame franco: ¿Que ambicionas vos?
– Comer, vestir y trabajar sin estar sometido    a ningún déspota y tirano.
-Muy bien. -¿De que trabajas?
– He trabajado de lo que he encontrado. Actualmente soy lustrador de calzado.
– ¿Y te gustaría tener un saloncito y trabajar    por tu cuenta, sin que nadie te mande?
– Ya lo creo. Pero no tengo un centavo.
– Pues tendrás todo cuanto necesitas y estarás libre de la “avarienta burguesía”. Venga a mi casa y le daré el dinero necesario; buscaras un local que te guste y trabajaras tranquilo.
En vista de que Sebastián titubeaba, agrego: – No te lo presto el dinero; te lo doy.
No tienes que, pensar en los intereses ni en devolvérmelo, será tuyo.
Enormemente asombrado, el obrero no sabia si estaba despierto a soñaba. Pronto se sereno y pensó:
– No tengo nada y, por lo tanto, nada puedo    perder. Le seguiré la corriente a este tipo y veré lo que resulta de todo esto; si es un filántropo, un loco o un cuentero.
Con el automóvil particular que allí tenia, subieron a el y pronto llegaron a la casa del rico señor. Entraron. Era esta un lujoso palacio, resplandeciente por todos lados, con un ejército de servidumbre uniformada que se deshacía en reverencias al paso de los dos.
Sebastián Fiamma recibió el dinero que necesitaba y se retiro tan asombrado como contento.
Busco  e instalo el salón de lustrar. Empezó a trabajar,
El señor rico, enfermo de haraganitis aguda, iba  todos los días a conversar con su “protegido”.
El negocio en un principio no marchaba muy bien, por la falta de clientela y, además, por la falta de empeño de parte del obrero en gritar a la puerta como es costumbre en esta clase de negocios.
Al correr los días, y al empezar a invitar a lustrarse a los transeúntes, noto Sebastián que aumentaba la ganancia y la clientela. Fue tomando amor al dinero. Con el guardapolvo oscuro y el trapo en la mano, estaba en la puerta de la mañana a la noche gritando
– ¡ Pase ¡ ¡ Hay    asiento ¡ ¡ Se lustra marchante ¡
Fue tanto el trabajo que le venia, que al poco tiempo se vio en la necesidad de ensanchar el local y tomar dos oficiales.
A Los tres meses tuvo que comprarse una caja registradora, hacer un nuevo ensanche y tomar más personal. El negocio marchaba viento en popa. Sebastián Fiamma tuvo que dejar de gritar a la puerta para vigilar a los oficiales, cobrar y recibir a la “distinguida clientela” con amables saludos y melodiosas conversaciones.
La psicología del ex obrero iba cambiando sin que el se diera cuenta. Ya se había convertido en un perfecto burgués.
Pero, como la felicidad no dura, máxime si esta basada en el egoísmo y la explotación, a don Sebastián, como se le llamaba, le sucedió una catástrofe que lo tiro al suelo.
Sucedió que la unión obrera lustradores de calzado, no pudiendo aguantar mas la miseria y el horario sin limites que se le imponía, en una numerosa asamblea declaro la huelga del gremio hasta que los patrones firmaran el pliego de condiciones que se les había presentado.
Don Sebastián considero muy exageradas las exigencias de sus oficiales, y se negó rotundamente a firmar dicho pliego.
A la semana de huelga general visto de que casi todos los patrones habían firmado la asamblea acordó parcializar la huelga. Siguió el conflicto solamente con los más reacios, entre los que se encontraba don Sebastián, el cual se afanaba sudando la gota gorda, en lustrar a los clientes para que no se le fuera.
El negocio, con sus gastos aumentado, se derrumbaba de con una velocidad vertiginosa; pero el, terco como una mula, se mantenía intransigente.
La huelga se prolongaba demasiado y los huelguistas tenían que hacer esfuerzos heroicos para resistir al hambre. A los dieciséis días de iniciado el conflicto un oficial de don Sebastián, lleno de indignación y cansado de esperar, ideo  un plan diabólico. Se puso de acuerdo secretamente a con el comité de huelga y se presentó al trabajo.
Al ver lo, se alegró mucho  don Sebastián, pensando que los demás no tardarían en presentarse también.
Era la una de la tarde. Y el del resto del día lo pasaron los dos trabajando de apurados. A las diez de la noche el patrón hizo el  balance de costumbre con satisfacción de avaro, cerró el negocio y los doce retiraron a descansar  con un -hasta mañana-.
A las diez y quince el salón de lustrar ardía en llamas.
El implacable incendio devorabalo todo. Cuando llegaron los bomberos toda la escombros y cenizas. Don Sebastián, avisado urgentemente, se arrancaba los pelos de desesperación.
Se atribuyó el desastre a un cortocircuito y no se habló más del asunto. No estaba asegurado, por lo cual el ex obrero se vio de nuevo en la calle “Seco y pelado ” como el 1 de mayo de 1929. A ver a su protector, pero éste se había embarcado para el exterior, en viaje de turismo, hacía una semana. Tuvo que volver a buscar trabajo de oficial, como antes, a fin de ganarse la vida.
En los primeros días era boicoteado por los demás obreros, por el odio a que se había hecho acreedor; pero al fin, descartada la venganza, se le perdono el mal comportamiento y pudo encontrar trabajo.
Se organizó en el Sindicato Obrero Ilustradores de Calzado, perdiendo el «Don» y la independencia que tanto gusto le había tornado. El horario reducido y el aumento del salario que se había conseguido par la huelga, más, el despertársele nuevamente la conciencia de proletario, lo indujeron a estudiar a fondo y con toda amplitud el problema social.
Leyó con afán los libros de los mejores escritores libertarios. Medito mucho sobre los hechos de la vida diaria, sus causas y sus resultados.
Después de algún tiempo el hombre había sufrido una transformación profunda. El silencio y la reconcentración en si mismo lo habían hecho un ser enigmático para los compañeros del gremio; hasta que un. día, en una asamblea del Sindicato, por primera vez pidió la palabra. Todos los compañeros quedaron asombrados del inesperado acontecimiento y pararon las orejas como conejos. Sebastián Fiamma hablo así
– Camaradas:    Llego la hora de cambiar la orientación de nuestra organización. Debemos dejar a un lado la lucha por el centavo, el reformismo como finalidad, y encarrilar la acción hacia la abolición completa y radical del régimen capitalista, de la autoridad y del dinero. Debemos prepararnos desde este momento a vivir el comunismo anárquico. Si los compañeros aquí presentes no aceptan mi moción, yo me dedicare solo, o con camaradas de otros gremios, a la propaganda del unico ideal que nos ha de redimir de la esclavitud que padecemos. He dicho.
Desde ese momento Sebastián Fiamma se hizo uno de los más grandes apóstoles del nuevo ideal de liberación humana que agita al mundo.

A. de CARLO