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post ¡¡¡Organización Obrera Nº 47!!!

Miércoles, 17 de julio de 2013

O.O. 47

Compañeros/as ya esta impreso nuestra prensa el Organización Obrera N° 47, les dejamos el PDF para que lo vayan ojeando. Salud y Revolución Social!.

Link de descarga: http://fora-ait.com.ar/blog/

¿Por qué nos obligan a votar?

“Toda situación histórica es siempre opaca a los ojos del que la vive” cita de Eduardo Colombo, entrevistado a instancias del Encuentro Internacional Anarquista de St. Imier en, 2012.

A fines del año pasado el gobierno promulgó dos reformas legales que afectan la legislación electoral incluyendo modificaciones y actualizaciones directamente relacionadas con la obligatoriedad del voto. Fue en la misma movida en la que se incluyó como opción la participación en los comicios de los menores entre 16 y 18 años. Básicamente lo que hicieron es incorporar un registro de infractores a la obligación de votar, actualizar las sanciones que ya existían y desplegar un sistema de fiscalización digno de una película distópica.

Este último punto es escalofriante. A partir de esa reforma, por ejemplo, los empleados públicos nacionales, provinciales y municipales están obligados a fiscalizar el cumplimiento efectivo de la obligación de votar (o el pago de la multa) de cualquier ciudadano que intente realizar un trámite ante ellos, durante el año siguiente de la elección. Un empleado público puede ser sancionado con una multa de $500.- si habilita un trámite para alguien que no votó. Además, si él mismo no votara, puede ser suspendido e incluso echado del laburo.

Por supuesto, una vez más, los sindicatos no hicieron nada. Permitieron que los trabajadores públicos lleven sobre sí una carga extra, y no cualquiera: es la de convertirse en buchones, en una especie de policías electorales obligados a sancionar a cualquier persona por no haber votado. Además, se ven particularmente apremiados en su trabajo respecto de la obligatoriedad del voto, que nada tiene que ver con la tarea que desempeñan. Esto es como si pudieran echarte del laburo por no pagar el impuesto municipal.

La inacción de los sindicatos tiene una razón de ser: ellos funcionan dentro del sistema de representación. Un dirigente sindical no se diferencia en nada de un funcionario político del Estado. En nombre de los trabajadores que estamos obligados por ley a aceptar su representación y que estamos obligados a pagarle su riqueza a través del descuento sindical, ellos negocian con la patronal y el Estado lo que conviene a sus propios intereses, al uso clásico de cualquier corporación. En realidad, ellos representan al patrón ante nosotros, representan al Estado, y en general lo hacen con una lealtad pocas veces vista.

Pero el punto que más llama la atención es que a esta altura el poder político se esfuerce en refrendar con reformas legislativas la obligatoriedad del voto. Hasta ahora, la obligatoriedad se había convertido en una figura legal en desuso. Nadie tuvo problemas por no votar. De hecho, es posible que nadie los tenga: habrá que ver si ponen en práctica o no las reformas que realizaron. Si nos fijamos, la abstención electoral nunca fue un problema para constituir un gobierno: el gobierno de Néstor Kirchner tuvo menos aval electoral que el de Illia, que pasó a la historia como el gobierno menos votado de Argentina desde la ley Sáenz Peña. El 45% de votos que recibió la presidenta actual, no llega a ser un 25% de la población, pero se repite una y mil veces que la votó la mitad de la población. Esto significa que no importa cuánta gente vote, lo que importa es que se despliegue el ritual de la elección como mecanismo legitimador del poder gubernamental. Es un ritual, una escena ficcionada que, increíblemente, todavía funciona.
Lo que se pone en juego aquí es precisamente eso: la legitimación. El sistema electoral no sirve para expresar la voluntad popular, como quizás creyeron en el siglo XVIII. Esa voluntad aparece cuando el pueblo toma decisiones, no cuando las delega en funcionarios. Que alguien, estando obligado por ley, ponga un voto en una urna para elegir qué candidato habrá de gobernar el próximo período, no es una decisión, como no lo es pagar el impuesto a las ganancias cuando uno tiene la suerte de tener un salario que pase el borde del mínimo de supervivencia. ¿A quién se le ocurriría decir que es mi decisión que el sindicato, al que no me afilié jamás, me descuente un porcentaje de mi salario? Esas son obligaciones que las hacemos por miedo a la represalia, o sencillamente porque no las podemos evitar, pero nunca por propia decisión. De modo que la obligatoriedad del voto no tendría sentido si no fuera porque cumple otra función, más sutil, más sofisticada, pero definitivamente más real.

Cuando Sáenz Peña, en 1912, promulgó la ley que se recuerda con su nombre, y que consagró el voto obligatorio en Argentina, dijo en su discurso: “Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario , quiera el pueblo votar”. Esta expresión, que quizás ha querido ser más poética que literal, dice en realidad cuál es el sentido verdadero de la obligatoriedad: que el pueblo quiera votar. ¿Qué significa esto? ¿Por qué es necesario que el pueblo quiera votar?

No hay gobierno que pueda gobernar abiertamente en contra de la voluntad del pueblo. Un gobierno puede reprimir o fusilar a la disidencia, pero para gobernarlo necesita que haya algo de legitimación, un mínimo aunque sea, que le permita realizar sus funciones. El gobierno necesita al pueblo sencillamente porque vive de él. Por más que la votación, como vimos, no sirve para expresar la voluntad del pueblo, somos muy pocos los que cuestionamos la legitimidad del gobierno de una presidenta que sacó el 45% de los votos. El acto electoral, por más que sea una mentira, una escena vaciada completamente de cualquier contenido, sirve para legitimar un gobierno. Eso siempre y cuando el pueblo crea en las elecciones. Si el pueblo se organiza por fuera de la dinámica electoral, si el pueblo comienza a pensar que los representantes no sirven para tomar sus propias decisiones, la fantasía de las elecciones desaparece, y con ella la legitimidad de cualquier gobierno.

Eso es, precisamente, lo que ocurría a principios del siglo XX, cuando gran parte de la población se organizaba en su trabajo con los compañeros, tomaba decisiones en asamblea y afirmaba que era necesario cambiar el sistema económico, político y social. Y eso es lo que ellos advierten que está pasando desde hace unos quince años, más o menos, aunque estemos muy lejos todavía de afirmar que existe algo parecido a la organización popular.

La ley Sáenz Peña tuvo una única función: incluir al pueblo en la ficción electoral para venderles la ilusión de que a través de la representación política algo de sus vidas cambiaría. La primera presidencia obtenida por vigencia de la ley Sáenz Peña fue la de Yrigoyen, que fue el gobierno que fusiló a los trabajadores de la semana de enero de 1919 y a los de la rebelión patagónica del 20. La promesa electoral, desde el mismísimo primer instante, demostró ser una mentira, y lo hizo con sangre en las manos.
De modo que lo que se persigue con la obligatoriedad es que el pueblo, alienado por el trabajo y el consumo, urgido por la necesidad, amenazado por la ley, quiera votar. Que el pueblo acepte la validez de un gobierno porque lo consagró un acto electoral. Que habiendo sido obligado a votar, se haga responsable del voto. ¿No es esto increíblemente perverso? Es como tomar al torturado por culpable de la tortura, como tomar al robado por culpable del robo. Se nos obliga a votar y luego se nos dice: son las reglas del juego y deben hacerse cargo.

Proudhon había dicho, con lucidez meridiana, que la propiedad es el robo. Hoy tenemos que decir, en términos políticos, que la representación es la traición. Si, además, la representación es obligatoria para el representado, no podemos deducir otra cosa que el hecho fehaciente de que estamos siendo usados como excusa de nuestro propio escarnio.

Como si no fuera suficiente la obligatoriedad del voto en las elecciones generales, se agrega la obligatoriedad de votar en las preliminares. Esto significa que estamos obligados por ley a formar parte de un partido político, aunque no nos afiliemos. Estamos obligados a decidir cuáles son los candidatos que irán por un partido u otro a las elecciones. Antes, si uno creía que en la política partidaria y quería participar en la selección de candidatos, se afiliaba a un partido y militaba en él. Normalmente se frustraba ante la evidencia de que las estructuras partidarias están viciadas de un verticalismo que anula cualquier construcción colectiva, y así fue que poco a poco se fueron quedando sin militantes y fueron ganándose la enemistad popular. Ahora, como casi no tienen militancia que no sea rentada, como no tienen ninguna clase de vida interna que no pase por decisiones de pasillo, nos obligan a todos a participar de una estructura política con la que no comulgamos, con la que muchos disentimos, y en la que no participamos porque no queremos participar.

En Argentina está prohibido activar políticamente por fuera de los partidos y activar sindicalmente por fuera de los sindicatos. En nombre de la democracia, está prohibido no ser demócrata. En Argentina, no aceptar la coerción de los traidores puede significar que nos echen del laburo, que nos cobren una multa o que nos metan en cana. Ahora van a armar listados con las personas que no voten para poder perseguirlos más fácilmente. Y, lo que es aún más perverso, dicen que lo hacen para garantizarnos un derecho. El artículo 37 de la constitución, que establece la obligatoriedad del voto, dice que lo hace para garantizar nuestros derechos políticos. Dice textualmente: “Esta Constitución garantiza el pleno ejercicio de los derechos políticos, con arreglo al principio de la soberanía popular y de las leyes que se dicten en consecuencia. El sufragio es universal, igual, secreto y obligatorio”. ¿Cómo se entiende? Tenemos derecho a decidir, entonces nos obligan a elegir. Decidir es una cosa, elegir es otra. Yo no decido cuando tengo un par de opciones, puesto que solamente puedo atarme a esas opciones. Si yo, en mi derecho de decidir políticamente, decido no ser representado, soy castigado por ley. Si soy empleado público, me suspenden o me echan. Si soy pobre, pago con la imposibilidad de tramitar algún mísero subsidio, o con una multa que se me hace impagable, o con la prisión.

Una vez más, las leyes están hechas para controlar al pueblo. Se ve claramente que una multa de $500.- es joda para un diputado o para un empresario, y es muchísimo para nosotros. Con eso bastaría. No voto, pago la multa, y sigo viaje. ¿Quién es el que está obligado a votar?

El poder advierte que desde los años 80 la participación electoral está en decadencia. Ellos saben que el pueblo, muy poquito a poco, sin que apenas se note, empieza a organizarse a su modo, sin dirigentes, “sin partidos ni sindicatos”, como se estableció en las asambleas de 2002. Poco a poco, sin que nosotros mismos nos demos cuenta, comenzamos a pensar por fuera de la representación, más allá de los discursos legitimantes de los funcionarios del Estado, comenzamos despacito a darnos cuenta que cuando hablan en tu nombre te cagan, que la representación es la traición, que los funcionarios, sean ministros, diputados, presidentes o secretarios, están ahí para controlarnos, para mantenernos quietos, trabajando sin chistar. Ellos mismos nos están avisando que nosotros, sin saberlo siquiera, estamos empezando muy despacio a cambiar las cosas.

El gobierno se anticipa. Se da cuenta y juega sus cartas. Quiere instalar en la población el hábito del voto, quiere que en la mesa discutamos acerca de cuál será el próximo presidente, y no acerca de cómo nos organizamos para dar la pelea en el taller, en el aula, en la administración, en el hospital, en el comercio, en fin, ahí donde ponemos el cuerpo todos los días para darles de comer a ellos. El gobierno se anticipa porque la ve venir. El desafío es que seamos nosotros los que la veamos venir porque somos nosotros los que la estamos trayendo. Organizarnos por fuera de la representación política y sindical es la forma en la que realmente podremos cambiar algo. Ellos lo saben y nosotros también.

por: H